
- Neno, no hay nada que más deteste que el típico pagafantas que se las va de mafias. ¿Sabes lo que te digo?
- A ver, explícate mejor.
- Claro tío, el mítico collejas de la clase que cuando crece juega a ser quien no es. Pero eso no se cambia. Siempre va a ser un pringao porque lo lleva en la sangre, en el ADN o en el DNI. Donde sea pero lleva la etiqueta de looser pegada en la frente. ¡Menudo hijo de puta!
- Bueno, neno, tranquilízate. ¿A cuento de qué te pones ahora así?
- Ya chorbo, perdona. Es que me estoy acordando que una vez conocí a un tipejo de esos. Se llamaba Pío. ¿Quieres que te cuente su triste historia?
- Como quieras, pero no te enrolles.
-Ahí va:
El bueno de Pío nació el 6 de junio de 1966 en no se sabe muy bien donde. Trágica fecha para él y para los que en algún momento nos hemos arrimado a su turbia sombra. Críado en Vilagarcía de Arousa, una infancia digna del peor relato de Stephen King marcó el devenir de sus días. Por todos es sabido que allí, en la cuna de la mafia gallega, sin polvos mágicos ni bichos comestibles no eres nadie. Y él, que nunca saboreó el aroma a mar del pecado de los dioses y que la únicas rayas que conoció fueron las marcas de los latigazos que su padre le propinó, no erá allí sino un mindundi. El típico collejas de la clase, la reencarnación del patito feo y el novio de la oveja negra. Los ecos de la manzana de Adán se aunaban en aquella bola de grasa. Infeliz y engañado, disimulaba tras sus gafas (el muy cabrón seguro que era un cuatro ojos) el rencor acumulado a lo largo de tantos años. Triste, muy triste era su vida. Tanto o más como el amor de su vida, una pobre piojosa que optó por un fucking lo que haya al ver que los chicos de educación especial no le hacían caso.
Sin embargo, a los 18 años les llegó su hora: el momento de dar portazo a sus amargas vidas y convertirse en todo aquello que siempre desearon ser. Dejaron de abrazar farolas a la orilla del mar para tratar de montarse en la libra a costa de los demás. Y en un principio lo consiguieron. Aprovechándose de jóvenes e inocentes españolitos jugaron a ser agentes inmobiliarios y, emulando a De Niro, Pío tangó a cuantos giris pudo abordo de su flamante bici-taxi. Los primeros años les fue muy bien y, avariciosos ellos, pensaron en ampliar el negocio. Así se apoderaron de un piso de protección oficial en la noble zona de Mile End a razón de unos 400 pounds por mes. Y elucubraron: "Si metemos en este zulo a ocho personas, les cortamos el agua, les cerramos la calefacción, ahorramos en vajillas, nos hacemos los tontos cuando nos pidan Internet y al final nos quedamos con la fianza... ¡podríamos hacer el viaje que siempre hemos querido! Así que se apropiaron de sendos billetes y se dispusieron a pasar un fin de semana romántico en Benidorm, tal y como siempre habían soñado. Sin embargo, y despúes de dos noches de pasión en tal paradisiaco entorno, volvieron al frío London y se toparon de bruces con 7 irreverentes inquilinos: Billy, Silvia, Gotzon, Juanra, Javi, Lidia y Diego. Estos se encagaron de recordarle que la miel no está hecha para la boca del asno. ¿Cómo lo consiguieron? Uno de estos días lo sabrás, que ahora estoy cansao... xD.